FEUDALISMO

Castillo de Carcasone


En los últimos años del Imperio Romano de Occidente (S. V), la unidad del mundo latino se fragmentó por las invasiones bárbaras y el gobierno imperial fue reemplazado por numerosos reinos tribales, mezcla de las civilizaciones romanas y germanas, que luchaban continuamente contra nuevas invasiones.

El origen del feudalismo europeo fue esencialmente producto de las grandes invasiones germánicas. Por una parte, el debilitamiento del estado romano impedía cumplir la función gubernamental de protector de los súbditos, por lo que se buscó un sistema que ofreciera mayor seguridad. Los débiles se confiaban a un hombre poderoso para recibir de él protección a cambio de sus servicios. Por otra parte, existía también la tradición germánica de los “compañeros de guerra”, en la que los hombres se agrupaban alrededor de un jefe de guerra o caudillo a quién le juraban lealtad. La mezcla de ambos sistemas dio lugar al feudalismo medieval,

Es así, que ante la falta de un régimen administrativo eficaz, los reyes optaron por otorgar cargos públicos y tierras a los señores feudales, exigiendo a cambio un juramento de lealtad:
"… Amaré lo que vos améis; odiaré lo que vos odiéis. Mientras viva estoy obligado a serviros y respetaros. Vuestros amigos serán mis amigos, vuestros enemigos los míos…” (“Las Grandes épocas de la humanidad - Orígenes de Europa” Ediciones Time-Life pag. 147).
Estos votos eran expresión de la forma de gobierno del feudalismo que vinculaban a los hombres medievales con su señor, este juramento solemne de lealtad hacía de cada uno de ellos un vasallo.




Castillo de Amourol
Se creaba pues, una compleja relación de hombre a hombre en que ambas partes tenían determinados derechos y obligaciones jurídicas. El vasallo tenía que respetar a su señor, fomentar sus intereses, prestarle asistencia, ayudarlo financieramente a través del pago de impuestos y combatir a sus órdenes durante al menos 40 días al año. A su vez, el señor debía tratar a su vasallo de manera honorable, ayudarlo en casos de emergencias e impartir justicia.

La costumbre confirió a su vez al vasallo el privilegio de conceder porciones de su feudo a guerreros de su elección bajo contratos subsiguientes de vasallaje. Una persona podía acumular varios feudos comprometiéndose a prestar servicios a varios señores. El resultado fue una red de relaciones feudales que se sobreponían unas a otras, y se complicaba aún más en razón de las leyes sucesorales y los matrimonios políticos. Así el poder político se centralizaba o descentralizaba según las circunstancias.

El feudalismo adquirió su plenitud, durante los siglos IX y X, cuando una segunda oleada de invasiones, - esta vez normandos o vikingos, por el norte, musulmanes por el sur y húngaros por el este - azotaba a Europa, aprovechando el desplome del imperio Carolingio. “… La unidad del imperio, que ya desde tiempo atrás sufría continuas erosiones dejó de existir y en toda el área imperial triunfó el particularismo feudal. El principio de la monarquía universal continuó sobreviviendo, pero durante algo menos de un siglo fue de hecho inoperante. El poder pasó a manos de los señores feudales, empeñados en continuas competiciones y en las guerras de defensa contra los agresores del exterior. Algunos historiadores llamaron “anarquía feudal” a esta organización política acentuando sus caracteres negativos…” (“Historia Universal. Alta Edad Media (II), Editorial Planeta. T.IV, p.157)




La sociedad feudal era jerárquica y asignaba funciones específicas a cada estamento, los señores hacían la guerra, los monjes rezaban y los campesinos labraban. Una frase expresada en el primer cuarto del siglo XI por Adalberto, el obispo de Laon, refleja concisamente la organización estamental:
"... Ternaria es la casa del Señor, de la que erróneamente se cree que es una: aquí sobre la tierra los unos oran, los otros luchas y otros más trabajan; éstos tres son uno y no pueden ser divididos, de forma que sobre la función (officium) de uno descansan las obras (opera) de los dos restantes y todos conceden su ayuda a todos..." (El Románico". Edt. Konemann, p. 7).
Igualmente, Alfredo el Grande de Inglaterra describió los tres rostros del feudalismo como “hombres de oración, hombres de guerra y hombres de trabajo”, juntos formaban una aldea defendida por el señor terrateniente y sus guerreros profesionales y en la cual se erigía una iglesia, donde los monjes atendían las necesidades espirituales de la población, correspondiéndoles a los campesinos proporcionar los alimentos con su trabajo.

Casi todos los campos pertenecían al Señor, pero cada campesino tenía asignada una parcela para cultivar lo necesario para su subsistencia. La labor del campesino era colectiva, todos trabajaban juntos en los campos del señor y naturalmente continuaban trabajando juntos en sus parcelas asignadas, para poder compartir las herramientas y bueyes.
Para el surgimiento del Románico la sociedad feudal era esencialmente agraria, sustentado en la base trinitaria de nobleza, iglesia y campesinado, ello dio lugar a una sociedad profundamente religiosa y guerrera.